Lo que hay que firmar por amor… o por ser de la realeza

 


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¿La suerte de la consorte?

Es firmar o no casarse, aceptar las condiciones que les ponen enfrente —y que no están a discusión— o perder (en muchos casos, sí) al amor de su vida. La conciencia feminista que algunas pudieran sentir se esfuma cuando se trata de ser la consorte; acceder a un título nobiliario por matrimonio y las condiciones que esto implica no es algo que muchas plebeyas aceptarían en un matrimonio ordinario.Alejados del cuento de la princesita triste, ser parte de la realeza implica renunciar a libertades que en otra situación sí gozarían. Y como siempre hay excepciones a lo común, estas son las reglas más desiguales que han tenido que firmar para obtener su pase a la nobleza.


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 Olvídate del dinero

Recientemente se supo, por medio del diario sueco Aftonbladet, que las capitulaciones (contrato prenupcial) que impuso la casa real de Suecia ante la unión del príncipe Carlos Felipe con Sofía Hellqvist impedían optar por el matrimonio por bienes mancomunados (que hasta cierto punto sería razonable por tratarse de bienes que pertenecen al Estado); es decir, que al llegar a una disolución, cada uno se queda con el dinero y los inmuebles que tenía antes de casarse. Sin embargo, sí podrían dividirse los objetos adquiridos en su matrimonio. En una unión ordinaria, en la que ambos han comprado y mantenido el hogar donde viven, donde los dos trabajan (o quieren/pueden hacerlo) y comparten una familia, a lo mejor sería viable la repartición de bienes, pero no en la realeza sueca.

 Cambió las reglas en Dinamarca

Cuando el matrimonio del príncipe Joaquín y Alexandra Manley, su primera esposa, se disolvió en 2005, la reina Margarita II tuvo que darle un condado, pagarle una casa, cederle una tiara y pasarle año con año un sueldo de 282 mil euros (casi 5.6 millones de pesos anuales).Este es un caso que hizo que las casas reales fijaran el ojo en los contratos prenupciales, para que las consortes que pedían la separación no se fueran con tantas comodidades.

 Adiós, mamá

Aunque el contrato nupcial de Letizia Ortiz con el entonces príncipe Felipe tiene diversas cláusulas, tal vez la más injusta es una que establece que ella debe renunciar a sus hijos en caso de divorcio. Sí, de darse una separación legal, la custodia pasa a su esposo y la casa real sería la encargada de su educación; así, ella se olvidaría de que tiene hijas (Leonor y Sofía) sin alegar, sin atravesar siquiera un juicio que le permita pelear por ellas, como lo haría cualquier madre.

 Las reglas del Reino Unido modificadas

La situación de Kate Middleton es similar a la de la reina Letizia, pero menos privilegiada que la de Lady Di. En caso de divorcio, la ahora duquesa de Cambridge puede perder el título, el derecho a vivir en cualquiera de las residencias que haya compartido con el príncipe Guillermo y no tendrá derecho a reclamar el patrimonio de su esposo. Y aunque la cláusula de la custodia es como en España, Kate pidió que tanto ella como sus padres pudieran ver a sus hijos sin límite de visitas. Una de las diferencias con Lady Di es que la entonces esposa del príncipe Carlos sí pudo hablar públicamente de la decepción que fue su matrimonio con él, mientras que Kate tuvo que firmar un acuerdo de confidencialidad y no podrá revelar nada de lo ocurrido, o sí, pero se atendría a una multa millonaria. Aunado a esto, la duquesa no obtendría una jugosa indemnización como Diana, sino solo una pensión, la cual podría perder si llega a casarse de nuevo.

 Sin tus bienes ni tus hijos

Otro caso de pérdidas de derechos por contrato nupcial es el de la argentina Máxima Zorreguieta. Quien ahora es reina de los Países Bajos tuvo que aceptar que ni sus bienes ni sus hijos le pertenecerían.Al decidir ser esposa de Guillermo Alejandro de Holanda debía perder su ciudadanía, prometió educar a sus hijos en la religión de su esposo (que es protestante, ella es católica) y, de llegar al divorcio, no obtendría la custodia.

Deja todo por amor


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Caso contrario es el de la monarquía japonesa, donde la princesa Sayako, única hija del emperador Akihito, se casó con el funcionario del gobierno de Tokio Yoshiki Kuroda en una ceremonia discreta (hubo unos 30 invitados). Por las leyes de la realeza de este país, esta decisión marcó el abandono de su condición imperial y la renuncia a sus privilegios de nobleza para convertirse en plebeya.

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